
*Sony Thàng / X
¿Puede romperse el ciclo?
La respuesta corta es: sí, el ciclo puede romperse. Pero no de la forma en que Hollywood nos enseñó a imaginarlo. No será un gran enfrentamiento final. No será Rusia o China entrando como salvadores. Será algo más lento, más feo, más aburrido y, precisamente por eso, más irreversible.
Vamos por partes:
1. Nadie viene a “salvarnos”
Lo primero es matar la fantasía del salvador. Rusia, China, Irán, los BRICS o cualquier otro actor no son organizaciones benéficas. Son Estados con intereses propios, traumas históricos y límites muy claros.
China no quiere una guerra directa con Estados Unidos por Palestina o Líbano. Rusia no quiere una guerra directa con la OTAN por Gaza. Irán no quiere una guerra total que pueda desestabilizarlo internamente.
Lo que hacen es presionar en los márgenes:
Acuerdos energéticos.
Armas para movimientos de resistencia.
Cobertura diplomática.
Desdolarización.
Infraestructura.
Intentan debilitar al imperio sin detonar el Armagedón.
Si esperamos un “contraimperio” limpio que derribe a Washington y Tel Aviv de un solo golpe, esperaremos para siempre. No viene ningún “imperio bueno”.
Lo único que existe como horizonte real es un mundo donde ningún imperio tenga la capacidad de hacer lo que hoy hacen Estados Unidos e Israel con total impunidad.
Ese es el verdadero objetivo.
2. ¿Qué es lo que realmente mantiene vivo este ciclo?
La impunidad estadounidense-israelí se sostiene sobre tres pilares:
1. Poder material
El sistema del dólar, SWIFT, el control de rutas marítimas, tecnología, patentes, crédito, sanciones y cadenas de suministro.
2. Arquitectura militar
Bases por todo el mundo, despliegues avanzados, paraguas nucleares, defensa antimisiles y el entrenamiento y armado de regímenes clientes.
3. Control del relato
Medios occidentales, plataformas digitales, Hollywood, think tanks, ONG y “expertos” que convierten masacres en “dilemas de seguridad” y colonización en “conflictos”.
Este ciclo no se rompe con emociones, hashtags o indignación en redes. Se rompe erosionando estos tres pilares hasta que el costo del imperio sea mayor que sus beneficios. Eso ya está ocurriendo. Lentamente.
3. Dónde sí importan Rusia, China y otros actores
No pueden derribar a Estados Unidos e Israel con un solo gesto. Pero sí pueden —y ya lo hacen— volver menos absoluta la maquinaria.
Algunos ejemplos, en principio:
Salidas económicas
Cada contrato petrolero que no se denomina en dólares, cada sistema de pagos que evita SWIFT, cada puerto, ferrocarril o cable de fibra que no pasa por cuellos de botella controlados por EE. UU. debilita las sanciones como arma.
Armas y disuasión
Cuando los países asediados acceden a defensas aéreas, cohetes, drones y herramientas asimétricas baratas, la ocupación se vuelve costosa. Eso no libera al mundo, pero dificulta el exterminio y hace menos frecuentes las “guerras fáciles”.
Alternativas institucionales
Bancos regionales, tribunales y acuerdos de seguridad fuera del control estadounidense permiten respirar incluso cuando Washington congela activos o te etiqueta como “terrorista”.
Rupturas simbólicas
Cuando Estados importantes se niegan a aplicar sanciones, rechazan repetir el relato occidental y llaman genocidio a lo que ocurre en Gaza, EE. UU. pierde su arma favorita: la ilusión de ser “la comunidad internacional”.
Nada de esto es glamur. No es una liberación cinematográfica.
Es el lento proceso de transformar a un imperio de dios en un país grande y peligroso al que otros países grandes y peligrosos pueden decirle “no”.
4. Lo que no romperá el ciclo
Una sola elección en Estados Unidos.
Un nuevo “acuerdo” con Israel.
Una resolución de la ONU.
Un discurso heroico de un político occidental.
Estas cosas pueden reducir el sufrimiento en los márgenes. No cambian el hardware del sistema. Mientras el dólar, las bases y la maquinaria narrativa sigan intactos, cualquier “moderación” será una pausa táctica, no una transformación.
5. ¿Dónde entramos nosotros?
La respuesta es incómoda: parte del trabajo es de los Estados y parte es de las sociedades.
Los Estados fuera del núcleo imperial deben:
• Construir vínculos económicos Sur-Sur profundos para que las sanciones duelan menos.
• Invertir en capacidad industrial real, no solo en exportar materias primas.
• Crear medios, universidades y circuitos culturales que no mendiguen aprobación occidental.
• Coordinarse políticamente para que, cuando uno sea atacado, los demás no puedan ser comprados o neutralizados en silencio.
Las sociedades —incluidas las de EE. UU. y Europa— deben:
• Rechazar la idea de que su “seguridad” depende de la prisión a cielo abierto de otros pueblos.
• Convertir la opinión pública en una amenaza para el imperio, no en su lubricante.
• Hacer políticamente costoso armar un genocidio y llamarlo “autodefensa”.
• Mantener viva la memoria histórica para que cada nueva atrocidad no pueda venderse como una excepción.
El ciclo del imperialismo se rompe cuando:
• El imperio ya no puede financiarlo con facilidad.
• Sus soldados dejan de querer luchar por él.
• Su propia población deja de creerse el guion.
• Y el resto del mundo tiene suficientes redes alternativas como para que decir “no” sea posible.
Todavía no estamos ahí. Pero la dirección no es la que Washington cree.
6. Entonces, ¿hay alguna posibilidad?
Sí. Pero no es un evento milagroso. Es una curva. El poder estadounidense e israelí sigue siendo enorme. Pero el miedo que generan hoy convive con una corriente visible en contra:
Negativas.
Boicots.
Filtraciones.
Alianzas alternativas.
Atajos económicos.
Nuevos ecosistemas mediáticos.
Los imperios no caen el día que se vuelven malvados.
Caen el día en que el costo de seguir actuando como imperio se vuelve insoportable. Financieramente. Militarmente. Psicológicamente.
Nuestra tarea no es predecir el momento exacto. Nuestra tarea es empujar la curva.
Quitar legitimidad a sus relatos. Apoyar cada alternativa real que afloje su control.
Entender que la multipolaridad no consiste en amar a Rusia, China o a nadie, sino en hacer imposible que cualquier eje único haga lo que hoy hacen Estados Unidos e Israel y lo siga llamando “orden”.
Así que no: no creo en un rescate limpio por parte de un imperio rival. Creo en un proceso largo, desigual y ya en marcha, donde la capacidad de bombardear, matar de hambre y colonizar sin consecuencias se reduce año tras año.
Así es como se rompe el ciclo. No con una trompeta. Sino con mil grietas que, un día, de pronto, parecen un muro roto.
