La ofensiva rusa en el Donbass es bien vista por parte de la población

Por convicción identitaria, nostalgia de la era soviética o simplemente para que la guerra acabe cuanto antes, no pocos habitantes de zonas del Donbass aún en manos de Kiev saludan la llegada de las tropas rusas. El Ejército ucraniano reconoce, resignado, que informan al enemigo de sus posiciones.

Publicado en Naiz.eus (07-05-2022)

«Somos ucranianos administrativamente, pero el Donbass no es Ucrania, los ucranianos son los extranjeros, no los rusos», asegura en el mercado de la localidad de Lyssytchansk ‘Olena’, que ha pedido que se oculte su nombre real por miedo, asegura, a represalias.

En el Donbass, que tiene el doble de tamaño de Bélgica, no pocos no ven con malos ojos la ofensiva rusa, cuando no la apoyan abiertamente.

El Ejército ucraniano intenta a duras penas contener la ofensiva del Ejército ruso y las milicias del Donbass en la parte occidental del enclave rusófono, una región minera e industrial en la era soviética.

En la parte que aún controlan, los servicios de inteligencia ucranianos han «purgado a los separatistas» y arrestado a los «saboteadores».

«Territorio enemigo»

Pero entre los soldados ucranianos algunos no ocultan su impresión de que están en territorio enemigo. «Podemos hacer todo lo posible para esconder nuestras posiciones, pero los vecinos se la comunican al enemigo», se queja Iryna, sargenta en una brigada de infantería que se ha replegado de Kreminna, región de Lugansk en manos de los rusos desde hace dos semanas. «Lo hacen personas en principio nada sospechosas, hasta sacerdotes», reconoce la soldado, que lleva luchando en el frente desde que estalló la guerra del Donbass, en 2014.

El Ejército ucraniano hace la vista gorda a autobuses con desplazados que no quieren ir al oeste, sino al este, e incluso hacia Rusia. Y los soldados hasta respiran aliviados por perderlos de vista.

Vadim Lyakh, alcalde de Sloviansk, localidad clave en manos ucranianas en el frente de guerra, reconoce que hay gente a la que no le importa que lleguen los rusos, o que incluso lo ansia. Y los identifica como «jubilados nostálgicos de la idea rusa e irrecuperables».

La cuestión es sensible en una región con una historia compleja, y a donde muchos rusos fueron enviados a trabajar y colonizar el área tras la II Guerra Mundial.

No es cuestión de lengua

Pero el hecho es que la mayoría de la población es rusófona. Hasta los soldados ucranianos hablan ruso y utilizan el ucraniano solo en los intercambios oficiales.

El conflicto no es étnico ni lingüístico, sino que cristaliza en los valores, el sentimiento de pertenencia y la seguridad, sobre todo económica. Muchas generaciones del Donbass han vivido traumáticamente la desindustrialización tras el fin de la URSS y la independencia de Ucrania y el desmantelamiento de muchas fábricas, justificadas con la excusa de su obsolescencia y escasa productividad.

El enclave es un cementerio de edificios industriales, con cristales rotos y chimeneas inactivas. Los pozos de las minas, rellenados, se han convertido en pequeños lagos donde vecinos ociosos pescan los fines de semana.

‘Olena’, la pro-rusa confesa, trabajó durante 30 años en la refinería de Lyssytchansk y sus ojos brillan cuando habla de la época gloriosa en la que, hasta el hundimiento de la Unión Soviética, el Donbass «tenía de todo: carbón, hulla, sal, industria química…».

«¡Cuando los ucranianos se manifestaron en el Maidan, aquí estábamos trabajando!», espeta, criticando la revuelta pro-UE que en 2014 tomó el poder en Kiev y haciendo suya la percepción entre no pocos rusos de que los ucranianos son poco más que unos «vagos».

La veterana obrera en paro está segura de que cuando Moscú tome el control de la región la economía en el Donbass repuntará. «Será como antes de la guerra, igual hasta vuelven a poner en marcha mi refinería», expresa mientras se pregunta quién pagará su futura jubilación. «¿Moscú, Kiev?».

En un búnker diseñado para los trabajadores de Ost Chem, la planta de nitrógeno en Severodonetsk, la ciudad gemela de Lysytchansk, parece como si el tiempo se hubiera detenido. Las banderas comunistas, el retrato de Stajanov, el legendario trabajador de Donbass con una productividad modelo, todavía se exhiben en las paredes del refugio antiaéreo.

Severodonetsk, cercada 

Localidad estratégica aún en manos de Kiev, Severodonetsk estaba prácticamente cercada po las tropas rusas y las milicias del Donbass «que intentan atacar desde varias direcciones», reconoció ayer el alcalde, Olexandre Striouk.

La mayoría de los 100.000 vecinos han huido en los últimos dos meses pero 15.000 se niergan a marcharse. Y la mayoría acusan a los ucranianos de bombardear la localidad, pese a que aún está en manos de Kiev. Están convencidos de que los rusos no pueden ser los agresores. «Solo convencemos para que huyan a diez al día», señala el responsable municipal.

Severodonets y Lyssytchank están situadas en la provincia de Lugansk y a 80 kilómetros al este de Kramatorsk, que se ha convertido en el centro del Donbass en manos de Kiev después de que los rusos se hayan hecho con toda la parte oriental de la región.

«Otros deciden por nosotros»

Tamara Dorivientko, profesora de inglés jubilada, espera el fin de los bombardeos sobre una litera, mientras lee a Jane Austen.

«¿Por qué iba a tener miedo de los rusos? Hemos vivido en la URSS durante 70 años. Toda mi familia está en Rusia. Nuestros maridos trabajan allí seis meses al año y regresan. Somos iguales», añade.

Pero la vecina de Severedonetsk duda. «Amo a Ucrania, es un país muy bello, rico y con muchas libertades. Me gustaría seguir aquí», confiesa.

«¿Qué quiere? Siempre es así. Otros eligen por nosotros», concluye resignada.

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